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4 ago. 2008

John Wesley contra los murmuradores

Pareciera que John Wesley hace unos 250 años viera al futuro y describiera la situación actual de la comunidad cristiana de internet, lo que comparto no es mala onda, simplemente me gustaría verles hablando la Palabra, predicando el evangelio en lugar de andar difamando y calumniando hijos de Dios por intenet, les dejo este sermón para que lo mediten:

Tomado de:
http://wesley.nnu.edu/espanol/Sermones%20de%20J.%20Wesley%20Tomo%20II/sermon49.htm

SERMON 49 de John Wesley

EL REMEDIO DE LA MURMURACION



ANALISIS DEL SERMON XLIX

Diferencia entre la murmuración y la mentira o la calumnia. El predominio de este pecado y lo difícil que es evitarlo. Peligro de caer en él con motivo de una santa indignación en contra del pecado. El método de nuestro Señor.

I. Reconvención privada, en el espíritu de amor personal, por medio de un mensajero de confianza, o por carta. Este primer paso es absolutamente necesario, excepto cuando peligran la vida, la propiedad o intereses importantes de otras personas.

II. Reconvención en la presencia de testigos. Se deben es­coger con mucho tino. Método de proceder. No se debe dejar de tomar este paso.

III. Se apela a la iglesia. A las autoridades competentes. No se debe dejar de tomar este paso y debe darse a buen tiempo.

Exhortación a que se siga esta regla, y a desechar toda clase de murmuración.

SERMON XLIX

EL REMEDIO DE LA MURMURACION

Si tu hermano pecare contra ti, ve, y redargúyele entre ti y él solo: si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Y si no oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por étnico y publicano (Mateo 18: 15-17).

1. "No murmuréis los unos de los otros," dijo el após­tol. Este es un mandamiento tan claro como el que dice: "No matarás." Empero, ¿quién es aquel, aun entre los cristianos, que respeta ese mandato? ¡Cuán pocos son los que lo en­tienden! ¿Qué es murmurar? No es lo mismo, como suponen algunos, que mentir o calumniar. Lo que dice el murmura­dor puede ser tan cierto como la Escritura, y sin embargo, ser murmuración. Porque murmurar no es otra cosa sino ha­blar mal de una persona ausente; contar algo malo, que dijo o hizo alguno que no está presente. Por ejemplo: Habiendo visto a cierto individuo en estado de embriaguez, o habiéndo­le oído jurar y blasfemar, voy y lo cuento en su ausencia. Esto es murmurar. Hablando más claramente se llama deni­grar. No es muy diferente de lo que por lo general se llama chismear. Si se cuenta el chisme en voz baja y de una ma­nera reposada, tal vez entretejiendo palabras que expresen nuestros buenos deseos respecto de la persona aludida, y las esperanzas que abrigamos de que las cosas no sean tan graves como parecen, entonces se llama cuchicheo. Pero de cualquier modo que se haga, siempre es lo mismo, es la misma cosa, la misma en sustancia aunque sean diferentes las circunstan­cias-es murmurar. Si mencionamos las faltas de alguna per­sona que esté ausente y que por lo tanto no pueda defender­se, hollamos bajo nuestras plantas el mandamiento: "No mur­muréis los unos de los otros."

2. ¡Qué pecado tan común es este entre los hombres de todas clases y condiciones! ¡Cuán fácilmente caen en él los nobles y los bajos, los ricos y los pobres, los prudentes y los tontos, los sabios y los ignorantes! Individuos que se diferen­cian en muchas cosas, se asemejan en esto. ¡Qué pocos son aquellos que pueden testificar en la presencia de Dios: "Es­toy limpio de esto; he puesto guarda a mi boca y guarda a la puerta de mis labios." ¿Qué conversación oís de la que no forme gran parte la murmuración, aun entre aquellas perso­nas que en lo general temen a Dios y desean con toda sin­ceridad conservar su conciencia sin ofender a Dios ni al hombre?

3. La generalidad con que se comete este pecado hace que sea difícil evitarlo. Como quiera que por todas partes nos rodea, si no nos apercibimos del peligro y velamos constante­mente en contra de él, corremos el riesgo de ser arrastrados por la corriente. En este respecto, casi todo el mundo, como quien dice, conspira en contra nuestra. Su ejemplo leuda nues­tra vida, no sabemos ni cómo, pero en forma que sin sentir imitamos a los demás. Añádase a ello que esta tentación exte­rior encuentra eco en nuestro interior, y casi todas las malas disposiciones de los hombres encuentran satisfacción en este pecado, y por consiguiente, nos guían hacia él. El relatar las faltas de otros, de las cuales creemos estar libres, halaga siem­pre nuestra soberbia. La cólera, el resentimiento y toda cla­se de mal genio encuentran alivio al hablar mal de aquellos en quienes se ensañan, y con frecuencia los hombres satisfa­cen sus deseos torpes y malignos, contando los pecados de Sus prójimos.

4. Es bien difícil evitar la murmuración porque con fre­cuencia nos ataca bajo disfraz. ¡Hablamos movidos de una in­dignación noble, generosa, pura, en contra de estas criaturas viles! ¡Servimos al diablo a impulsos de nuestro celo por Dios! ¡Sólo con el fin de castigar al trasgresor, caemos en este pecado! "Así se justifican las pasiones," como dice al­guien, y nos hacen cometer el pecado bajo el velo de la santidad.

5. Empero, ¿no hay medio de evitar este peligro? Indu­dablemente que sí lo hay. El Señor ha señalado claramente la vía a los que le siguen, en las palabras que hemos tomado por texto. Ninguno de los que andan con paso seguro y firme por este camino, caerá jamás en el pecado de la murmura­ción. Esta regla es un antídoto infalible o un remedio segu­ro de este mal. En los versículos anteriores dice nuestro Se­ñor: "¡Ay del mundo por los escándalos!"-fuente de mal que producirá miseria indescriptible en el mundo (escánda­lo es todo aquello que hace vacilar o que estorba a uno en el camino estrecho) -"porque necesario es que vengan es­cándalos." Es natural que vengan; tal es la malicia, la torpe­za y la debilidad humana. "Mas, ¡ay de aquel hombre"- desgraciado del hombre-"por el cual viene el escándalo!" "Por tanto, si tu mano o tu pie te fuere ocasión de caer"-si el pasatiempo más agradable, si la persona más útil y amada te hace salir del camino recto-"córtalo y échalo de ti."

Pero, ¿cómo podremos evitar el escandalizar a los demás y escandalizarnos nosotros mismos, especialmente si alguien hace mal y nosotros le vemos con nuestros propios ojos? El Señor nos enseña el modo de hacerlo. Asienta el método de evitar por completo los escándalos y la murmuración. "Si tu hermano pecare contra ti, ve, y redargúyele entre ti y él solo: si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, to­ma aún contigo uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Y si no oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por étnico y publicano."

I. 1. Primero. "Si tu hermano pecare contra ti, ve, y redargúyele entre ti y él solo." El mejor modo de poner en práctica esta regla, es seguirla al pie de la letra siempre que sea posible. Por consiguiente, si ves con tus propios ojos a un hermano, a un cristiano, cometer un pecado innegable, o le oyes con tus propios oídos, en forma que no es posible du­dar del hecho, tu deber es sumamente claro: luego que se presente la primera oportunidad, ve a él, acércatele, si pue­des, "y redargúyele entre ti y él solo."

Por cierto que se debe tener mucho cuidado de hacer esto en el verdadero espíritu y de la mejor manera. El buen éxito de una reprensión depende mucho del espíritu en que se hace. No te olvides, por consiguiente, de orar a Dios pro­fundamente, a fin de que puedas exhortar en el espíritu de mansedumbre, con una persuasión profunda, irresistible, de que Dios es quien te guía, y de que si algo se consigue, es Dios quien lo hace solamente. Pídele que guarde tu corazón, que ilumine tu mente, que bendiga las palabras que pronun­cien tus labios. Mira que hables en espíritu de humildad y mansedumbre; "porque la ira del hombre no obra la justi­cia de Dios." "Si alguno fuere tomado en alguna falta," sólo con "el espíritu de mansedumbre" se le puede restaurar. Si hace oposición a la verdad, sólo con la amabilidad se le puede persuadir a que la acepte. Habla, pues, en el espíritu de amor tierno que "las muchas aguas no podrán apagar." Nada puede vencer al amor, pero él todo lo vence, y ¿quién podrá calcular su fuerza? Confirma, pues, tu amor al pró­jimo, y así, "ascuas de fuego amontonas sobre su cabeza."

2. Mira que la manera como hables sea también confor­me al evangelio de Cristo, y evita en los ademanes, las pala­bras, los modales y el tono de la voz, todo aquello que tenga las apariencias de soberbia o vanagloria. Evita con esmero todo lo que parezca dogmático o altanero, arrogante o pre­tencioso. Cuida de que no haya ni la menor sombra de des­precio, desdén o grosería. Evita con el mismo empeño toda apariencia de cólera, y si debes hablar con toda franqueza, no uses reproches ni palabras ultrajantes, ni te exaltes-ha­bla cariñosamente. Sobre todo, mira que no haya ni el me­nor asomo de odio ni de mala voluntad. Evita la dureza o acritud en el lenguaje, y usa de palabras corteses y amables, como que fluyen del amor de tu corazón. Esta cortesía en las palabras no quita que hables de la manera más seria y so­lemne, hasta donde fuere posible, en los términos mismos de los Oráculos de Dios, puesto que no hay otros como ellos, y como que estás en la presencia de Aquel que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

3. Si no se te presenta la oportunidad de hablarle en persona, si no puedes acercártele, dirígete a él por conducto de un mensajero, de un amigo mutuo de cuya prudencia y rectitud estés bien seguro. Ese amigo al hablar en tu nom­bre, y del modo y con el espíritu ya descritos, puede obtener el mismo resultado y suplirte bien. Sólo que mira bien, no sea que te figures que no se presenta la oportunidad a fin de no tomar la cruz, ni tomes por supuesto que no puedes acercarte a él, sino haz la prueba. Es preferible que le hables en persona, pero si no puedes, hazlo por conducto de un ami­go, esto es mejor que dejar de cumplir con tu deber.

4. Pero, ¿qué harás si no puedes hablarle en persona ni por conducto de un amigo mutuo de toda confianza? Si así fuere verdaderamente, no te queda más recurso que escribir­le, lo cual es muy preferible en ciertas circunstancias, como cuando la persona de quien se trata es de tan mal genio que no aguanta que se le hagan observaciones, especialmente si el individuo que se dirige a ella es un igual o inferior. Por carta se puede hacer de una manera tan amable, que no pue­da menos de tolerarse. Además, muchas personas leen lo que no permiten que se les diga, pues este método no lastima tan­to su soberbia, ni ofende su honor. Supongamos que la pri­mera lectura no hace ninguna impresión, tal vez lean la carta por segunda vez y al meditar sobre su contenido, guarden en sus corazones lo que antes despreciaron. Si firmas la carta es tanto como si fueses a hablarle cara a cara. Debes, pues, firmarla, a no ser que haya alguna razón especial para no hacerlo.

5. Debemos observar que el Señor no sólo nos manda tomar este paso, sino que es el primer paso que debemos dar antes de hacer otra cosa. No hay alternativa de ninguna cla­se, no hay término medio, este es el camino, entrad por él. Es bien cierto que nos permite tomar otras dos medidas, en caso de que fueren necesarias, pero éstas deben tomarse su­cesivamente después y no antes de dar el primer paso. Mu­cho menos debemos tomar otra medida antes ni después de ese paso. Hacer cualquiera otra cosa o no hacer esta no tiene disculpa.

6. No te disculpes al tomar cualquiera otra medida con decir: "No pude materialmente dejar de hablar de esto a otra persona, pues sentía yo un peso que me agobiaba." ¿Te sentías agobiado? Y con razón, pues te acusaba tu conciencia. Estabas bajo la culpa del pecado, desobedeciendo el manda­miento claro de Dios. Debiste haber ido inmediatamente a redargüir a tu hermano de su pecado, entre ti y él. Si no cumpliste con esto, no extrañes encontrarle agobiado, a no ser que tu corazón esté enteramente empedernido, puesto que al aborrecer a tu hermano en tu corazón, has pisoteado el mandato de Dios. ¡Qué modo de quitarle la carga de en­cima! Dios te reprocha ese pecado de omisión porque no re­darguye a tu hermano de su pecado, y al sentir este repro­che, te consuelas con otro pecado positivo, con ir a contar a otra persona la falta de tu hermano. La tranquilidad que se compra con el pecado cuesta muy cara. Espero en Dios que no tengas tranquilidad, sino que te sientas más y más ago­biado, hasta que vayas a tu hermano y le reproches su falta.

7. Esta regla tiene una sola excepción: puede presen­tarse el caso en que sea necesario acusar al culpable, aunque esté ausente, para proteger al inocente. Por ejemplo: supon­gamos que sabéis las malas intenciones que cierto individuo tiene respecto de los bienes o de la vida de un prójimo; que median tales circunstancias, que el único modo de evitar que tal individuo ponga en práctica sus designios, es decirlo a su víctima sin demora alguna. En tal caso, claro está que se de­be hacer a un lado la regla incluida en las palabras del após­tol: "No murmuréis los unos de los otros," y que es lícito, y aun de nuestro deber, hablar mal del ausente a fin de evitar que haga mal a otros y a sí mismo. Acordaos, sin embargo, de que toda murmuración es veneno mortífero. Por consiguien­te, si os veis obligados a usarla de cuando en cuando como medicina, usadla en temor y temblor, viendo que es un re­medio tan peligroso, que sólo la necesidad absoluta puede disculpar. Usadla lo menos que podáis; sólo cuando no haya otro remedio-y aun entonces con la mayor moderación- sólo hasta donde sea necesaria para conseguir vuestro fin. En cualquier otro caso, "ve y redargúyele entre ti y él solo."

II. 1. Mas ¿y si no te oye? ¿si devuelve mal por bien, si se enfurece en lugar de convencerse, si se rehúsa a oír y persiste en su mal camino? Esto no debe extrañarnos. La re­prensión más ligera y suave a menudo es en balde, mas la bendición que tratamos de atraer sobre otro, caerá sobre nos­otros. En tal caso, ¿qué debemos hacer? El Señor nos lo ha dicho plena y claramente: "Toma aún contigo uno o dos" testigos. Este es el segundo paso. Toma uno o dos hermanos de buen espíritu, amantes de Dios y del prójimo. Mira que tengan mansedumbre, y estén "vestidos de humildad;" que sean mansos y amables, pacíficos y sufridos, no aptos para volver "mal por mal, maldición por maldición," sino antes por el contrario, bendiciones. Que sean hombres inteligentes, poseídos de la sabiduría que viene de lo alto; sin prejuicios ni parcialidad de ninguna clase. Se debe procurar también de que tanto los individuos como sus caracteres sean cono­cidos de la persona de quien se trata, y de escoger a los her­manos de su mayor aprecio.

2. El amor les dictará la manera con que han de pro­ceder, según la naturaleza del caso. No puede señalarse un mismo método para todos los casos, pero en general sería bueno que antes de entrar en materia, manifiesten de una manera amable y cariñosa que no los guía ningún prejuicio ni enojo, que vienen movidos de un principio de buena vo­luntad y que se interesan por él. En prueba de esto, será bueno repetir con toda calma la conversación que tuvo lu­gar entre ti y él, y lo que dijo en su propia defensa. Des­pués de lo cual podrán determinar muy bien el modo como han de proceder, a fin de que "en la boca de dos o tres testi­gos conste toda palabra;" de que cualquiera cosa que hayas dicho tenga más fuerza con el peso de su autoridad.

3. Para llevar esto a cabo, pueden (1) repetir lo que dijiste, y lo que él contestó en vuestra primera entrevista. (2) Extenderse sobre las razones que tú diste, y confirmar­las. (3) Dar más peso a tu reprensión, mostrando cuán justa, amable y oportuna fue, y (4) aprobar tus consejos y suges­tiones. Si fuese necesario, estos testigos pueden después dar testimonio de lo que se habló.

4. Respecto de esta regla, lo mismo que de la anterior, haremos observar que el Señor no nos permite escoger, sino que nos manda hacer esto, y sólo esto. Igualmente, nos manda que lo hagamos a tiempo, ni antes ni después. Inmediatamen­te después de haber dado el primer paso, y antes de tomar el tercero. Sólo en este caso estamos autorizados para relatar a aquellos que deseamos tomen parte con nosotros en esta obra de amor, el mal que haya hecho algún prójimo. Pero miremos cómo lo decimos a un tercero, antes de tomar estos dos pasos. ¿Será extraño que nos sintamos agobiados si toma­mos otros pasos en lugar de estos, si pecamos en contra de Dios y de nuestro prójimo? Por más que nos disculpemos, si tenernos conciencia, nuestro pecado nos hallará y agobia­rá nuestra alma.

III. 1. A fin de instruirnos en esta materia por com­pleto, el Señor nos da otra regla más: "Y si no oyere a ellos, dilo a la iglesia." Este es el tercer paso, y el punto es ¿cómo se debe interpretar la palabra "iglesia"? La naturaleza del asunto determinará esto muy claramente. No es posible de­cirlo a la iglesia en todo el país, es decir a la Iglesia Angli­cana. Ni serviría de nada si pudierais hacerlo. Por consiguien­te, no es este el sentido de esta palabra. Nada se consegui­ría con decir a la iglesia o congregación a que pertenecéis, las faltas de cada uno de sus miembros. El único sentido que se puede dar a esta palabra es los ministros, los pastores del rebaño de Cristo al cual pertenecéis; que velan por vosotros y por vuestras almas, puesto que "tienen que dar cuenta." Esto se debe hacer, si fuere posible, en presencia del intere­sado; con franqueza, y al mismo tiempo con toda la ternura y amor que permitan la naturaleza del caso. A ellos toca ca­lificar la conducta de los que están bajo su cuidado, y co­rregir según la gravedad de la ofensa y "con toda autoridad." Cuando hayáis cumplido con esto, habréis hecho todo lo que la Palabra de Dios o la ley del amor requiere de vosotros. No sois participantes de su pecado, y si perece, su sangre no caerá sobre vuestras cabezas.

2. A este punto haremos observar que este es el tercer paso que se debe tomar, y ningún otro. Que debemos tomarlo en su lugar después de los otros dos, no antes del segundo, mucho menos del primero, a no ser en un caso muy especial. A la verdad, hay un caso en el cual puede coincidir el segun­do paso con éste: pueden ser, hasta cierto punto, uno solo. Puede ser que el ministro o los ministros de la congregación sean parientes del interesado, y en tal caso, ellos pueden ser uno o dos testigos; bastará que se lo digáis, después de ha­ber hablado del asunto a tu hermano, "entre ti y él solo."

3. Después de hacer esto, has cumplido con tu deber. "Si no oyere a la iglesia, tenle por étnico y publicano." No estás obligado a pensar más en él, déjaselo al Maestro. Sin embargo, debes conservar para él, lo mismo que para todos los paganos, una tierna y sincera buena voluntad. Trátale con cortesía, y cuando se presente la oportunidad, préstale todos los servicios que dieta la generosidad, pero no cultives su amistad ni te familiarices con él. No te juntes con él más de lo que te juntas con ningún pagano.

4. Mas si esta es la regla por la que se guían los cristia­nos, ¿en qué país viven los discípulos de Cristo? Encontra­réis uno que otro en varias partes del mundo que la practican concienzudamente. Pero ¡qué contados son! ¡Qué pocos hay en toda la redondez de la tierra! ¿Dónde encontraremos un grupo de hombres que siga siempre esta regla? ¿Los halla­remos en toda la Europa, o acaso en Inglaterra, o en Irlanda? Mucho me temo que no; que si los buscamos por todo el rei­no, no encontraremos uno solo. ¡Ay del mundo cristiano! ¡Ay de los protestantes, de los cristianos reformados!

¿Quién se levantará conmigo en contra del mundo per­verso? ¿Quién se pondrá "de parte de Dios" en contra de los murmuradores? ¿Tú? ¿Quieres con la gracia de Dios evitar que te lleve la corriente? ¿Estás decidido a poner desde este momento y con el auxilio divino, una "guarda a tu boca; una guarda a la puerta de tus labios"? ¿Seguirás desde ahora esta regla: No infaméis a nadie? Si ves que tu hermano hace mal, ¿le redargüirás entre ti y él solo? ¿Tomarás después "uno o dos" testigos, y sólo después de haber cumplido con esto, se lo dirás "a la iglesia"? Si tal es el propósito de tu corazón, aprende esta lección: "No des oído a nada malo de nadie."

Si no hubiera quien prestase oído a la difamación, no habría difamadores. Por consiguiente, si alguien empieza a hablar mal de otra persona, márcale el alto inmediatamente. Rehúsate a escuchar la voz del encantador sin hacer el me­nor caso de la dulzura de su encanto, de la amabilidad de sus modales, de lo agradable de su voz, ni de las muchas protestas de amistad para la persona a quien está hiriendo en la os­curidad, encajándole el puñal arriba de la quinta costilla. Niégate rotundamente a escucharle, aunque te diga que se siente agobiado por este secreto. ¡Agobiado! ¡Miserable! ¿Te sientes agobiado por este secreto? Ve, pues, quítate la carga de encima como Dios manda. Primeramente, "ve, y redar­guye a tu hermano entre ti y él solo;" después "toma con­tigo dos o tres" amigos mutuos, y en presencia de ellos vuel­ve a redargüirle. Si ninguno de estos pasos surten efecto, en­tonces "dilo a la iglesia." Por vida de tu alma, no se lo digas a ninguna otra persona, ni antes ni después, a no ser en el caso especial en que precise absolutamente proteger al ino­cente. ¿Con qué derecho quieres agobiar a otro, haciéndole que lleve tu carga, que participe en tu pecado?

5. Pluguiese a Dios que todos vosotros los que escucháis este reproche de Cristo, que por irrisión os llamáis metodis­tas, dieseis buen ejemplo al menos en esto, al mundo cris­tiano, así llamado. ¡Desechad, pues, la murmuración, los chis­mes, la difamación! ¡Que vuestros labios no se manchen con este pecado! Mirad que no difaméis a ninguno. De los au­sentes no habléis nada, sino lo que sea bueno. Si habéis de distinguiros de los demás hombres, sea esta la característica del metodista: "No habla mal de su prójimo en su ausencia; por esta señal le conoceréis."

¡Qué efecto tan bendito traerían a nuestros corazones estos sacrificios de nosotros mismos! Nuestra paz correrá co­mo un río si tenemos "paz con todos los hombres." ¡Cómo abundaría en nuestras almas el amor de Dios, al confirmar de este modo nuestro amor a los hermanos! ¡Qué efecto ten­dría esto en todos los que llevan el nombre del Señor Jesús! ¡Cómo aumentaría el amor fraternal, si se quitase este gran estorbo! Naturalmente se amarían todos los miembros del cuerpo místico de Cristo, "por manera que si un miembro pa­dece, todos los miembros a una" se dolerían; y "si un miem­bro es honrado, todos los miembros a una se gozarían, y to­dos amarían a sus hermanos con un corazón puro y ferviente."

Más todavía: ¡qué efecto tendría esto en el mundo de los hombres que viven descuidados sin pensar en sus almas! ¡Cuán pronto verían en nosotros lo que no ven en los demás hom­bres, y exclamarían en las palabras de Julián el Apóstata a sus cortesanos: "Mirad cómo se aman mutuamente los cris­tianos"! Por este medio convencería Dios al mundo y lo pre­pararía para su Reino, como fácilmente podemos aprender en esas palabras tan notables de la última oración del Señor: "Ruego.también por los que han de creer en mí.que todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti...para que el mundo crea que tú me enviaste." ¡Quiera Dios apresurar ese día! El Señor nos ayude a amarnos los unos a los otros, "no de palabra ni de lengua, sino de obra y en verdad" así como Cristo nos amó.

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